Artículo publicado Diciembre 2025
Artículo publicado Diciembre 2025
El arte de cultivar lo posible
Gestionar la cultura es, ante todo, un gesto de apertura. Es sostener la convicción de que la creatividad necesita espacio, tiempo y escucha para desplegar su potencia transformadora. No se limita a diseñar programas o coordinar estructuras: es una práctica sensible que reconoce en cada artista, en cada comunidad y en cada obra un mundo en expansión. El gestor cultural se convierte así en mediador, acompañante y artesano de contextos; alguien que prepara el terreno para que lo inesperado pueda emerger.
En este oficio, la cultura no se administra: se cultiva. Su materia es viva, móvil, a veces frágil, siempre dinámica. Requiere una mirada atenta capaz de identificar qué condiciones permiten que una idea, aún tentativa, pueda arraigar. Gestionar implica leer los ritmos de una escena, comprender sus tensiones e imaginar configuraciones donde la creación encuentre eco. Este trabajo no sucede en los márgenes, sino en el corazón mismo del tejido cultural: allí donde las prácticas artísticas dialogan con los públicos, donde las instituciones se reinventan, donde los lenguajes se mezclan para dar lugar a nuevas posibilidades.
Crear espacios para la creatividad es, en esencia, ejercer un acto de hospitalidad. Cada proyecto expositivo, cada residencia, cada ciclo de pensamiento o acción cultural es una casa por construir. Sus cimientos son la confianza, la apertura y el compromiso con lo diverso. Su estructura se sostiene en la curaduría entendida como una práctica relacional: aquella que organiza encuentros significativos entre obra, contexto y mirada. Gestionar es habilitar esta constelación de vínculos, hacer visible lo invisible, propiciar el surgimiento de narrativas que amplíen la sensibilidad colectiva.
Desde una óptica curatorial, el rol del gestor cultural adquiere una dimensión ecológica. Las instituciones y los espacios artísticos se conciben como ecosistemas donde circulan afectos, saberes, materiales y perspectivas. En ellos, cada decisión, desde la distribución espacial hasta la comunicación, desde la selección de proyectos hasta la mediación con el público, contribuye a dar forma a una experiencia estética. Gestionar cultura es, así, diseñar las condiciones de posibilidad para que estas experiencias se vuelvan memorables, críticas y transformadoras.
En un mundo que avanza con velocidad, donde las imágenes se consumen y dispersan en instantes, crear espacios para la cultura es un acto profundamente político. Significa resistir la lógica de lo inmediato y defender la necesidad de detenerse, observar, participar y reflexionar. Es ofrecer un territorio donde la imaginación no sea un lujo, sino una herramienta de pensamiento; donde la sensibilidad pueda intervenir en la manera en que habitamos lo social.
Gestionar la cultura es, finalmente, un ejercicio de fe en el porvenir. Es apostar por lo que aún no existe, por lo que podría ser, por aquello que solo la creación es capaz de revelar. Es acompañar procesos, nutrir lo incipiente, sostener lo vulnerable y permitir que lo poético ingrese en la esfera pública como un modo de conocimiento. En ese hacer lugar, el gestor cultural no solo construye plataformas para el arte: construye futuros. Porque cada espacio que abre es una invitación a imaginar, y cada imaginación que florece es un paso hacia un mundo más sensible, más plural y más vivo.