Artículo publicado Noviembre 2025
Artículo publicado Noviembre 2025
El artista como Arquitecto de sistemas: Prácticas basadas en procesos y protocolos
En el mapa contemporáneo del arte, donde la materialidad se expande más allá del objeto y se instala en el territorio fluido de lo inmaterial, emerge una figura que redefine los límites del hacer artístico. el artista como arquitecto del sistema. Ya no se trata de producir imágenes, esculturas o instalaciones, sino de diseñar los engranajes invisibles que sostienen las experiencias estéticas de nuestro tiempo. El proceso, ese territorio muchas veces relegado a la intimidad del taller, se convierte en obra, mientras que el protocolo deviene lenguaje, método y dispositivo crítico.
La prácticas basadas en procesos y sistemas se alejan del gesto individual para inscribirse en una lógica casi algorítmica, donde cada acción responde a una arquitectura conceptual que organiza tiempos, acciones, materiales y relaciones. En esta constelación, el artista opera como un ingeniero sensible, construye estructuras de sentido, diseña reglas, activa recorridos y propone condiciones para que algo acontezca. No se trata de controlar el resultado final, sino de crear el ecosistema donde la obra pueda desplegarse, mutar o incluso resistir a su propio marco.
A diferencia de los enfoques tradicionales centrados en el objeto, estas prácticas se orientan hacia un pensamiento sistemático que articula cuerpos, tecnologías, espacio social y materialidades emergentes. El arte procesual, desde los movimientos conceptuales de los años sesenta hasta las investigaciones actuales en arte digital, bioarte y performance, encuentra aquí una nueva vitalidad. El protocolo no funciona como una restricción, sino como una gramática extendida que abre la posibilidad de la deriva, del error y de la contingencia. Cada instrucción es una puerta que habilita un campo de juego; cada regla, un enunciado que organiza temporalidades y comportamientos.
En este paisaje, el rol del artista se vuelve también político. Al diseñar sistemas, formula modelos alternativos de convivencia y producción, cuestiona las estructuras de poder que norman la vida contemporánea y propone otros modos de vincularnos con el mundo. El proceso deviene una forma de resistencia: un espacio donde se privilegia la experimentación por encima de la eficiencia, la apertura por sobre la productividad, el devenir frente a la clausura.
Las obras que surgen de estas prácticas no son productos cerrados, sino organismos vivos. Pueden adoptar la forma de instrucciones, diagramas, partituras, plataformas digitales, mecanismos reactivos o coreografías participativas. Muchas veces se activan a través del público, que deja de ser un espectador pasivo para convertirse en agente, intérprete o coautor. En este sentido, el sistema funciona como un territorio común donde la autoría se distribuye y el significado se negocia continuamente.
La curaduría, por su parte, se enfrenta al desafío de traducir y acompañar estas lógicas procesuales. Exponer un sistema implica hacer visibles sus capas, sus tensiones, sus modos de operar. Implica también diseñar las condiciones institucionales para que el proceso continúe operando dentro y fuera del espacio expositivo. El curador se convierte así en mediador entre la estructura y su devenir, entre el protocolo y su activación.
Hoy, cuando el mundo se organiza en torno a sistemas cada vez más opacos, en cambio el arte ofrece un espacio privilegiado para pensar críticamente cómo se construyen esas arquitecturas y qué alternativas podemos imaginar. El artista como arquitecto de sistemas no solo diseña estructuras conceptuales: propone modos de habitar el presente, de abrir grietas en la rigidez de lo establecido y de imaginar futuros que aún no tienen forma.
En esa intersección entre método y magia, entre cálculo e intuición, aparece una poética del proceso que expande la noción misma de creación. El sistema, entonces, no es un límite: es una invitación a reinventar el mundo desde sus engranajes más profundos.