Nota publicada Noviembre 2025
Nota publicada Noviembre 2025
La alquimia pictórica de Eline Martherus
"Territorios de vibración"
Entre gestos que abren espacio, colores que recuerdan un origen remoto y una escucha profunda de lo invisible, la obra de Eline Martherus se despliega como un campo vibrante donde la materia deviene memoria.
Hay artistas que pintan lo que ven y otros que pintan lo que el mundo podría ser. Y luego está Eline, cuya práctica nace de un lugar más hondo, anterior a la forma y al pensamiento: un territorio donde el cuerpo y el color se convierte en un mismo pulso. Su lenguaje pictórico se teje con intuición, respiración y energía. Nada es descripción, todo es presencia.
El encuentro con el índigo, ese azul que guarda ecos del océano nocturno, marcó una apertura interior. Surgió como un llamado, como si una memoria silenciosa hubiese estado esperando la oportunidad de manifestarse. Desde entonces, la artista trabaja con el pigmento como quien trabaja con un origen: una molécula espiritual que condensa profundidad, misterio y vibración.
Su camino hacia el arte no fue un acto de voluntad, sino un reconocimiento gradual: “El arte se convirtió en el único lenguaje que podía confiar”. En su tránsito por el ámbito textil descubrió que la materia podía transformar, que el color no era solo color, sino un modo de pensar el mundo. Desde allí, su práctica se expandió hacia la pintura con la naturalidad de algo inevitable.
Gesto, cuerpo, espacio: la pintura como coreografía
La obra de Eline Martherus no se construye desde la previsión, sino desde la escucha. Trabaja con escobas, pinceles grandes, herramientas que amplifican la relación entre cuerpo y superficie. Estos instrumentos le impiden pintar desde la cautela intelectual y la obligan a aceptar lo imprevisible: un movimiento puede abrir una forma, un trazo puede convertirse en un horizonte.
Cada gesto es un registro energético, un residuo de movimiento. La artista no controla la pintura, dialoga con ella. Deja que la obra le indique cuándo avanzar, cuándo detenerse, cuándo permitir que el espacio respire.
Geometrías que susurran, colores que sostienen
La presencia de geometría sagrada no es decorativa: es la búsqueda de un orden profundo, una arquitectura invisible que sostiene todo lo vivo. Estas formas funcionan como un recordatorio de que la vida tiene patrones, ritmos, vibraciones que no siempre vemos, pero que nos atraviesan.
El índigo, en cambio, opera como un espacio de condensación emocional. Para la artista, este color representa un plano ancestral donde la memoria vive más allá de las palabras. Allí, cada tono parece contener algo irreducible, una sombra del pasado o una intuición del futuro.
Un equilibrio que emerge, no que se diseña
Sus obras se mueven entre la fuerza del gesto y la delicadeza del silencio. Ese equilibrio no se decide: aparece. La artista escucha la pintura como se escucha un clima interno. Y en ese movimiento entre la expansión y contención que el espectador experimente el tránsito, que sienta en su propio cuerpo la oscilación entre lo que pulsa y lo que reposa.
Transformación, pertenencia, renovación, espiritualidad, abandono, memoria; estos conceptos son respiraciones, más que ideas. La naturaleza, su mayor maestra, le recuerda que todo está en movimiento permanente, que incluso lo quieto vibra. Por eso las obras de Eline no buscan respuestas, sino que proponen estados.
Nuevos caminos, nuevas sensibilidades
Hoy la investigación de Martherus, se abre hacia otros medios. Siente que ciertas emociones necesitan herramientas que aún no ha explorado. Su caligrafía, por ejemplo, aparece como un gesto íntimo, un trazo que todavía guarda para sí misma, como un refugio secreto. También desarrolla un proyecto interdisciplinario donde la pintura se encuentra con el movimiento y la instalación, explorando el tiempo como un material con densidad propia.
Tras mudarse recientemente de Ámsterdam a Barcelona, eligió un período de silencio expositivo para escuchar cómo ese cambio se filtra en su trabajo. La transición, dice, también es una forma de crear.
Cuando piensa en el futuro, se entrega a lo incierto con serenidad: “No sé dónde estar en cinco años, salvo que deseo seguir creciendo desde la curiosidad”. Y quizá ahí reside la esencia de su obra: en permitir que la pintura sea un espacio abierto, permeable a lo que aún no tiene nombre, a lo que quiere emerger.