Nota publicada Diciembre 2025
Nota publicada Diciembre 2025
James Turrell en Lago Algo, CDMX
La luz como arquitectura interior y territorio perceptual
La obra de James Turrell ha sido, desde los años sesenta, un viaje hacia la esencia misma de la percepción. Un viaje sin ornamentos ni narrativas explícitas, que opera sobre el límite delicado entre lo visible y lo que sólo puede intuirse. En su instalación en Lago Algo, en Ciudad de México, el artista reafirma esta investigación radical con una pieza que invita a detener el tiempo, a suspender la mirada cotidiana y a aceptar que ver es, también, un acto de transformación.
En este espacio, que dialoga con el paisaje del Bosque de Chapultepec y con la arquitectura diáfana del recinto, Turrell despliega una secuencia lumínica que respira como un organismo vivo. Los gradientes, rojo fuego, violeta, azul, no funcionan como colores en el sentido tradicional, sino como atmósferas que ocupan el espacio con la densidad de una presencia. El espectador ingresa en un campo donde la luz deja de ser un fenómeno externo para convertirse en un medio inmersivo, casi táctil. Suavemente, las transiciones cromáticas moldean la percepción, obligando al ojo a rendirse a un ritmo que no le pertenece.
Este desplazamiento sensorial es fundamental en la obra de Turrel; su interés no reside en crear imágenes, sino en activar un estado en quién observa. La luz, para él, es una arquitectura sin peso, un material que dibuja volúmenes sin líneas y que construye profundidad sin recurrir a formas reconocibles. En Lago Algo, esta premisa se manifiesta en la disolución de los contornos. Las superficies parecen expandirse, los límites entre el muro y la luz se vuelven indiscernibles, y el espacio, despojado de referencias, invita a una percepción que no depende de la lógica visual, sino de la sensibilidad interna.
El visitante, situado en esta suspensión, experimenta una especie de desorientación suave, es un desconcierto que no incomoda, sino que abre un umbral, la oportunidad de entrar en contacto con la percepción como una dimensión activa, maleable. James Turrell convierte el acto de mirar en un ejercicio de consciencia; la luz se vuelve un estímulo que revela no lo que está frente a nosotros, sino la forma en que vemos. Cada gradiente activa un recuerdo, un estado emocional, un gesto íntimo. El espacio se vuelve espejo.
La instalación también opera sobre el tiempo de un modo singular. En un mundo regido por la inmediatez, Turrell nos invita a otra velocidad: una temporalidad extendida que se revela sólo a quienes aceptan la quietud. Nada en la pieza ocurre de manera abrupta, los cambios son casi invisibles, como si el colo se desplazara dentro de una respiración profunda. El espectador que decide quedarse unos minutos descubre que, aunque parezca estático, el espacio está en constante transformación. La luz nunca se repite: es un proceso continuo, un flujo que se despliega más allá de la voluntad del visitante.
Esta cualidad meditativa es lo que convierte la obra en una experiencia rara dentro del ritmo urbano de Ciudad de México. En medio del movimiento incesante, de los estímulos visuales que saturan la cotidianeidad, Turrell ofrece un refugio: un lugar donde la percepción se descomprime y empieza a operar en un registro más esencial. La instalación funciona casi como un ritual silencioso, un pasaje hacia una dimensión que no se puede fotografiar ni describir del todo, sólo puede vivirse.
La arquitectura de Lago Algo contribuye de manera decisiva a esta experiencia. Su carácter contemplativo, su relación con el agua cercana y su integración con la naturaleza generan un marco ideal para que la luz adquiera una presencia física. Turrell aprovecha esta cualidad para reforzar su propósito principal: que el espectador se sienta dentro de un espacio que no se mide en metros, sino en intensidad perceptual. Es un espacio que respira con él.
A medida que la experiencia avanza, la luz empieza a tener un efecto emocional. El rojo encendido remite a un calor primario, casi visceral. El violeta abre una dimensión más enigmática, cargada de una espiritualidad silenciosa. El azul expande la sensación de profundidad, evocando un horizonte que se extiende más allá del espacio físico. Estos desplazamientos cromáticos no cuentan una historia externa, sino que operan en el interior del espectador generando capas de memoria sensorial que se acumulan sin necesidad de palabras.
Finalmente, la obra se completa cuando el visitante comprende que lo que ha experimentado no es una instalación, sino un estado. Turrell nos recuerda que la percepción es un territorio en constante cambio, y que la luz, ese material que parece tan simple, es capaz de revelar la complejidad de nuestra mirada. En Lago Algo, la luz se convierte en experiencia, la experiencia en introspección en una memoria que persiste incluso después de abandonar la sala.
Porque la respuesta de Turrel es, en esencia, una invitación a ver el mundo con otros ojos; a reconocer que cada gesto lumínico contiene un misterio. Y que, en el acto humilde de contemplar una transición de color, algo en nosotros puede iluminarse también.