Nota publicada Mayo 2025
Nota publicada Mayo 2025
Joana Vasconcelos en el Palacio de Liria: exceso como método
La exposición de Joana Vasconcelos en el Palacio de Liria no se limita a ocupar un edificio, sino que lo devora, lo metaboliza, y en cierta forma, lo parodia. El Palacio, con su genealogía aristocrática y su iconografía dinástica, se vuelve materia prima, no solo contenedor.
Vasconcelos no llega a un contexto; construye contexto dentro de otro contexto, lo pliega y lo re-codifica. El gesto es coreografías: ingresa con procedimientos del barroco pop en un espacio que ya era barroco, pero desde otro discurso y otra clase social. La artista activa tensiones de clase y de gusto sin nombrarlas, únicamente exacerbando el ornamento.
La operación conceptual es muy precisa: colocar lo doméstico - las tecnologías de lo doméstico, los objetos femeninos y de cuidado - en el centro del lujo aristocrático. Al inflar una tetera hasta la escala de monumento, Joana no la convierte en “objeto de arte”, la vuelve arquitectura. Y cuando cubre un león con crochet, no le resta solemnidad: la reasigna. El crochet, asociado a lo artesanal y a lo femenino no remunerado, se convierte en intervención pública, afirmación de superficie, irrupción de una memoria que ha permanecido en segundo plano en la historia del arte.
Aquí el exceso no se considera capricho, sino un método: producir un cortocircuito perceptivo en quien contempla. Por momentos, la experiencia es casi alucinatoria. La exuberancia decorativa de Vasconcelos empuja al público a un estado de saturación: demasiados brillos, demasiadas superficies, demasiada escala. Y es justamente ahí donde se instala la crítica: ¿Cuándo el lujo deja de ser lujo y pasa a ser caricatura del propio lujo? ¿Cuándo el ornamento deja de ser signo de poder y se vuelve máscara de su vacío? Joana cultiva ese borde.
Lo doméstico magnificado en el Palacio de Liria es también una forma de inversión simbólica. Es una violencia suave, pero violencia al fin: hacer que el palacio mastique sus propios códigos y los regurgite en clave de carnaval. Arte no como comentario, sino como infiltración. La artista no “denuncia”, sino que infecta. El crochet se vuelve virus; la tetera, parásito; la iconografía del corazón, ironía. Y debajo de lo pop y lo kitsch hay una sofisticada ingeniería de dislocamiento histórico.
La artista trabaja el ornamento como si fuera un arma crítica. Y lo es, porque obliga a repensar la genealogía de qué consideramos bello, legítimo, digno de museo. Ella no ironiza sobre el lujo, lo teatraliza hasta mostrar su naturaleza teatral. Y ahí ocurre la lucidez.
Este proyecto de Liria es quizá lo más cerca que ha estado Joana Vasconcelos de convertir el decorado en pensamiento. Y esa es una de las formas más potentes de crítica contemporánea: dejar que el ojo se deslumbre, para que luego la mente se pregunte porqué.