Artículo publicado Enero 2026
Artículo publicado Enero 2026
Tecnología, artificio y futuros posibles
Arte en la era de los sistemas inteligentes
En las últimas décadas, la tecnología dejó de ser una herramienta externa al arte para convertirse en su propio lenguaje, materia y problema. Algoritmos que generan imágenes, inteligencias artificiales que aprenden estilos, realidades aumentadas que expanden el espacio expositivo y cuerpos híbridos entre lo orgánico y lo digital configuran un paisaje donde el arte ya no representa el futuro: lo ensaya.
El cruce entre arte y tecnología no es nuevo, pero hoy adquiere una densidad inédita. La inteligencia artificial, lejos de ser solo un recurso técnico, introduce una pregunta central: ¿Quién crea cuando una imagen es producida por un sistema que aprende de millones de otras imágenes? En este escenario, el artista se desplaza del gesto autoral clásico hacia el diseño de procesos, la curaduría de datos y la toma de decisiones éticas. La obra deja de ser un objeto cerrado para transformarse en un sistema vivo, mutable, en permanente actualización.
La imagen generada por algoritmos tensiona nociones históricas como originalidad, autoría y aura. No se trata únicamente de una cuestión estética, sino política y cultural. Los datasets, los sesgos invisibles y las lógicas de entrenamiento revelan que toda tecnología es también una construcción ideológica. Así, muchos artistas contemporáneos utilizan la IA no para celebrar su eficiencia, sino para exponer sus fallas, sus límites y sus zonas de opacidad.
La realidad aumentada y los entornos inmersivos, por su parte, reconfiguran la experiencia del espectador. El espacio expositivo se expande más allá del museo o la galería, infiltrándose en la ciudad, en el teléfono móvil, en la vida cotidiana. Ver ya no es un acto pasivo: implica activar capas, recorrer narrativas, habitar ficciones. El cuerpo se vuelve interfaz y la percepción, un territorio en disputa.
En este contexto emergen también imaginarios de híbridos orgánico-digitales: cuerpos intervenidos, identidades posthumanas, naturalezas artificiales. Estas prácticas dialogan con la ciencia ficción, el bioarte y las ficciones especulativas como herramientas críticas para pensar futuros posibles. No futuros utópicos ni distópicos de manual, sino escenarios complejos donde tecnología, deseo, control y sensibilidad coexisten de manera ambigua.
El arte contemporáneo encuentra en la tecnología no una promesa de progreso lineal, sino un campo de fricción. Frente al discurso dominante de la innovación constante, las prácticas artísticas proponen pausas, desvíos y preguntas incómodas. ¿Qué tipo de futuro estamos programando? ¿Qué cuerpos, qué memorias, qué formas de vida quedan dentro —o fuera— de estos sistemas?
Hablar de tecnología y artificio en el arte hoy es hablar de responsabilidad, imaginación y pensamiento crítico. En un mundo cada vez más mediado por lo digital, el arte se posiciona como un espacio donde ensayar otras relaciones posibles con la máquina: menos instrumentales, más sensibles, más conscientes de sus implicancias culturales. No para predecir el futuro, sino para abrirlo.